El virus que ocasionó la pandemia de 1918 no fue erradicado gracias al tapabocas; mutó en formas menos severas

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Publicaciones compartidas más de 30.000 veces en redes sociales desde fines de julio alientan el uso de mascarillas durante la pandemia de covid-19 asegurando que la llamada “gripe española” fue erradicada gracias a su uso. Sin embargo, si bien hay evidencias sólidas de que la utilización correcta de tapabocas disminuye el contagio de SARS-CoV-2, estos no “erradicaron” la gripe de 1918.

“Con el uso de cubrebocas se erradicó la gripe española de 1918”, se lee en una publicación en Facebook (1, 2, 3) que incluye la fotografía en blanco y negro de una pareja con mascarllas. “Hoy en día, la Universidad Johns Hopkins nos dice que si toda la población usamos cubrebocas durante 8 semanas, se erradica la enfermedad y los contagios. Tan difícil de comprender?”

De acuerdo con la herramienta CrowdTangle, la publicación surgió primero en México el 27 de julio pasado, pocos días después de que el presidente de ese país, Andrés Manuel López Obrador, dijera que “no está demostrado científicamente” que los tapabocas ayuden a minimizar los contagios de covid-19. A esa fecha, el uso de mascarillas ya era obligatorio en espacios públicos de otros países de la región, como Ecuador, Colombia y Argentina.

Una búsqueda inversa en Google Images de la fotografía que acompaña a muchas de las publicaciones reveló que fue tomada en los años 1920 en Londres y se encuentra en el archivo fotográfico Mary Evans.

Captura de pantalla de una publicación en Facebook realizada el 21 de octubre de 2020

 La misma afirmación también circuló ampliamente en Instagram (1, 2) y Twitter (1, 2).

¿Cómo se desarrolló la “gripe española”?

La llamada “gripe española” provocó al menos 50 millones de muertes e infectó a unos 500 millones de personas en todo el mundo entre 1918 y 1919, como consignan los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos.

El patógeno de 1918, un virus de influenza H1N1 con genes de origen aviar, empezó a diseminarse en campamentos militares de Estados Unidos en marzo y abril de ese año, cuando la Primera Guerra Mundial (1914-1918) aún estaba en curso. Ese contexto explica la llegada del virus, a través de las tropas, a Europa. También explica que los países beligerantes, en un intento de mantener la moral de los soldados y de la población en general, restringieran o incluso censuraran la información sobre la epidemia. En cambio, España, que se declaró neutral al iniciarse el conflicto internacional, sí informó sobre la enfermedad desde mayo, cuando empezaron a registrarse casos en Madrid. Medios de otros países reportaban sobre la gripe limitándola a España, lo que le valió el sobrenombre de “gripe española”.

El virus llegó a expandirse por todo el mundo en tres olas. Durante la primera, dada por terminada en julio de 1918, los casos de enfermedad fueron “mucho más leves que los que se observarían durante las dos olas siguientes”, apuntan los CDC.

La segunda ola se detectó también en un campamento militar estadounidense, Camp Devens, en las afueras de Boston, en septiembre de 1918 y se le atribuye la mayoría de las muertes de la pandemia. El tercer brote surgió a inicios de 1919 y “si bien fue grave, esta ola no fue tan mortal como la segunda”, de acuerdo con la misma fuente.

Tras el tercer brote, el virus perdió su letalidad y acabó evolucionando a virus estacionales durante los 38 años que siguieron, recuerdan los CDC.

¿El virus de 1918 fue erradicado?

La publicación viral asegura que las mascarillas lograron la “erradicación de la enfermedad y los contagios” del virus en 1918. Este planteo, sin embargo, es falaz.

“No es correcto decir que la enfermedad que ocasionó la pandemia de 1918 haya sido erradicada”, dijo a AFP Factual el historiador estadounidense John M. Barry, autor del libro “La gran gripe”. “El virus de la influenza muta muy rápidamente, mucho más rápido que SARS-CoV-2. Los descendientes del virus de 1918 han continuado circulando”.

El virólogo Jeffrey Taubenberger, quien secuenció el genoma del virus de la influenza que causó la de pandemia de 1918 junto con Ann Reid, hizo una afirmación similar en el artículo “Influenza de 1918: la madre de todas las pandemias” publicado en 2006: “El impacto de esa pandemia no se limitó a 1918-1919. Todas las pandemias de influenza A desde entonces, y de hecho casi todos los casos de influenza A en todo el mundo (excepto las infecciones humanas por virus aviares como el H5N1 y H7N7), han sido causadas por descendientes del virus de 1918”.

El uso de mascarillas en 1918

John Barry descartó que las mascarillas de gasa, cuyo uso fue obligatorio en varias ciudades de Estados Unidos durante la “gripe española”, jugaran un papel crucial en la incidencia del virus. “Los estudios, incluso en ese entonces, demostraron que ponerle una mascarilla a alguien que estaba enfermo protegía a las personas que lo rodeaban, pero para el público en general no demostraron ser tan útiles”.

En efecto, un estudio publicado en enero de 1919 encontró que en las ciudades donde el uso de mascarillas había sido obligatorio, como San Francisco, las personas hacían uso de ellas donde eran menos necesarias, como espacios abiertos, mientras que se las quitaban en espacios cerrados, donde estaban expuestas a contacto estrecho, como oficinas o reuniones sociales.

Además, el estudio señala que el personal sanitario utilizaba mascarillas fabricadas con seis a ocho capas de gasa mientras que el público general utilizaba una o dos capas en su fabricación lo que, además de inefectivo, le brindaba una “falsa sensación de seguridad”.

Otro estudio, publicado en 1921, halló que “la mascarilla fue de poco beneficio” durante la pandemia, y empleada de una manera “que no brindó protección”, en tanto las personas no habían tenido precauciones de higiene, utilizándolas “hasta que se ensuciaban” y, por lo tanto, perdieran efectividad.

Uso de mascarillas en 2020

Barry, quien ha participado en diferentes órganos consultivos sobre enfermedades de las autoridades estadounidenses, señaló que hay una “diferencia enorme” entre el uso recomendado de mascarillas en la pandemia de 1918 y el uso recomendado en 2020 respecto del nuevo coronavirus: “Hoy las mascarillas son útiles; en 1918 no había transmisión asintomática, como es el caso actual”.

En efecto, la Organización Mundial de la Salud consignó que, dado que las personas infectadas que no presentan síntomas pueden contagiar el SARS-CoV-2, “es prudente alentar el uso de mascarillas de tela en lugares públicos en los que haya transmisión comunitaria y en donde no sea posible adoptar otras medidas de prevención, por ejemplo, el distanciamiento físico”. Además recomienda utilizarlas junto con otras medidas de higiene, como el lavado frecuente de manos, el distanciamiento físico siempre que sea posible, “los buenos hábitos al toser y estornudar, y la limpieza y la desinfección del entorno”.

Al igual que con el virus de la influenza, el nuevo coronavirus se propaga a través de gotículas emitidas por una persona infectada. Pero cada vez hay más evidencia de que puede contagiarse además por transmisión aérea o aerosoles: gotas respiratorias de menor tamaño que pueden permanecer en el aire durante minutos o incluso horas, especialmente en espacios interiores poco ventilados.

“Por ello se recomienda ventilar ambientes al menos cinco minutos por hora, y usar tapabocas cuando vamos a estar a menos de un metro y medio de distancia de otras personas”, dijo la infectóloga argentina Florencia Cahn, miembro de la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología, a AFP Factual.

¿Declaración de la Universidad Johns Hopkins?

La publicación viral asegura que la Universidad Johns Hopkins de Estados Unidos, cuya  base de datos global de casos y contagios de covid-19 ha sido una referencia epidemiológica desde el inicio de la pandemia, anunció que si toda la humanidad utilizara tapabocas durante ocho semanas, la enfermedad sería erradicada.

Sin embargo, la publicación viral es inexacta. La declaración no provino de la Universidad Johns Hopkins sino de Robert Redfield, director de los CDC, y en ella no dijo que los barbijos “erradicarían” el covid-19, sino que aportarían a los esfuerzos para controlar su transmisión.

El 14 de julio pasado la revista médica JAMA Network Open publicó el editorial “Uso universal de mascarillas para prevenir la transmisión del SARS-CoV-2: ahora es el momento”, coescrito por el epidemiólogo John T. Brooks, el especialista en enfermedades infecciosas Jay C. Butler, y el propio Redfield. Al ayudar a “reducir la transmisión”, los autores describen a las mascarillas como “una solución de baja tecnología y altamente efectiva que puede ayudar a cambiar favorablemente el rumbo en los esfuerzos nacionales y globales contra el covid-19”.

El día de la publicación, el editor en jefe de JAMA, Howard Bauchner, entrevistó a Robert Redfield para el canal de YouTube de la revista. Allí el director de los CDC dijo: “Creo que si todo el público estadounidense adoptara las mascarillas ahora y si realmente lo hiciéramos con rigor, dentro de las cuatro, seis, ocho semanas podríamos tener esta epidemia bajo control”.

Si bien la declaración no provino de la Universidad Johns Hopkins, esta institución, a través de la  Escuela de Salud Pública Johns Hopkins Bloomberg, favorece la utilización de tapabocas ya que “reducen la exposición viral, limitando tanto la transmisión como la gravedad del cuadro”. Además considera que su uso, junto con el distanciamiento social, puede ayudar a abrir las economías durante la pandemia.

En conclusión, es falso que el uso de mascarillas haya “erradicado” el virus que desató la pandemia de gripe de 1918; de acuerdo con especialistas, este no desapareció, sino que mutó, y la terminación de la pandemia no se debió a los cubrebocas. Además la Universidad Johns Hopkins no dijo que el uso de mascarillas “erradicaría” la enfermedad, en referencia al covid-19, en ocho semanas. Robert Redfield, director de los CDC, dijo que si los estadounidenses utilizaran tapabocas de manera sistemática y responsable podría controlarse la propagación del contagio.

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